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lunes, 16 de octubre de 2017

José Ángel Iribar, el Txopo que marcó una época

Artículo publicado por Alex Couto Lago en www.kaisermagazine.com el 03/04/2014


Tener la paciencia de saber esperar, mantener la calma en el momento decisivo, dominar el espacio, medir con la mirada la distancia del peligro y actuar en consecuencia, saber volar y sobre todo saber aterrizar, jugarse la cabeza a los pies de los caballos, sabiendo que lo importante no es precisamente tu cabeza, mandar, hacer callar, pedir y exigir que los pasos midan lo que deben, transmitir confianza y seguridad a pesar de que las rodillas tiemblen, manejar las manos, saber colocar los pies, entender la bisectriz, dominar el arte de la mirada hipnótica, intuir y acertar, ser consciente de que un máximo para uno es un mínimo para el resto, trabajar para no perder… Soñar con volver a jugar…

Para ser portero hay que ser especial

José Ángel Iribar es un tipo especial, por eso es portero. Empezó pronto a volar, en las playas de su Zarautz natal y extendió su fina estampa de caballero negro hasta ocupar la portería de los estadios más míticos del mundo, empezando por la de la Misericordia del viejo San Mamés para después desplazarse a paso tranquilo y elegante a la de los Capuchinos, al otro lado del santuario rojiblanco.

No fue Iribar un guardameta al uso, un gato capaz de las más inverosímiles piruetas, un loco dispuesto a tirarse delante de cualquiera o un excéntrico lleno de supersticiones y manías. Iribar fue un portero sobrio, como su ídolo, el gran Lev Yashin, de quien copió su negra indumentaria.

Todos los porteros vestidos de negro siempre mostraron un particular sentido de la estética, empezando por la gestión de sus manos y su capacidad de atraparlo todo, su imantada palma y sus dedos interminables para atrapar la pelota entre los pulgares y llevarla al pecho con ademán de mago.

De negro vistieron Yashin, Mazurkiewicz, Mayer en sus inicios, Carvajal, Tilkowski, todos ellos caracterizados por su capacidad para estar siempre colocados en el lugar adecuado y atrapar la pelota transmitiendo solvencia y frialdad, sin alardes, sin un ejercicio de egocentrísmo ni búsqueda de un protagonismo innecesario. Sobrios y seguros. Así era igualmente Iribar, tranquilo en las formas pero eficaz en el ejercicio de su arte.

Pronto empezó a destacar en la tarea de evitar el gol, primero en el colegio La Salle, como tantos otros antes, entre rezos y oraciones a San Juan Bautista, “ruega por nosotros”, para trasladar posteriormente su estampa infranqueable al equipo de los Antonianos y finalmente al juvenil del Zarautz C.F. Entre unos y otros, un foro inigualable, la playa de Zarautz, en donde, como un albatros, extendía sus enormes brazos y se lanzaba en pos de un blocaje perfecto para caer, extendido, sobre el sobaco, en la blanda arena con el balón atrapado, con los pulgares juntos, las palmas por detrás de la pelota y en busca de la seguridad suprema, amortiguando el golpe sobre el propio balón, que finalmente correrá buscando refugio directamente al pecho. Será allí, en la playa, donde José Ángel desarrolle y perfeccione su técnica más básica y en donde disfrute de la esencia más pura del arte del cancerbero, volar, interceptar y caer con la sutileza de una pluma con la presa bien agarrada y dispuesto a ponerla en juego nuevamente.

Esos vuelos de palo a palo, esa estética inmejorable, alargada, equidistante y equilibrada la trasladaría años después a los campos de fútbol de toda España.

Tras una prueba en el equipo más representativo de su provincia, La Real Sociedad, aún en edad juvenil, Iribar empieza a considerar el fútbol como algo más que un pasatiempo. Los nervios y la falta de experiencia y referentes cercanos hicieron que su paso por la Real Sociedad fuese efímero y poco fructífero, no siendo elegido finalmente para engrosar las filas del equipo Txuri Urdin.

Ello posibilitó que siguiese formándose como futuro tornero y mantuviese abiertas las expectativas de evolucionar hacia otras metas igualmente ambiciosas.

Su sensación personal, a pesar de todo, fue que había dejado pasar el tren más importante de su vida hasta ese momento, por lo que su pesar fue considerable.

Pero la suerte no le iba a ser esquiva y con dieciocho años es fichado por el Basconia para engrosar el equipo que por aquel entonces militaba en segunda división. Su enorme campaña posibilitaría que el Athletic de Bilbao, junto con otros equipos como el Valencia y el Zaragoza empezasen a tener interés en el joven Iribar. Finalmente y tras seguir los consejos de su padre, se produjo la elección definitiva, Iribar pasaría a formar parte en 1962 del plantel del equipo bilbaíno, tras ser pagado un traspaso récord para la época de un millón de pesetas.

Con tan solo 20 años pasaba a trabajar al lado de uno de los más míticos porteros de toda la historia del cuadro de los leones, Carmelo Cedrún, quien llevaba ocupando el marco rojiblanco por más de una década y mantenía viva la leyenda de grandes porteros tales como Lezama o Blasco.

El inicio, de suplente del mito, sirvió para que Iribar tomase conciencia de la importancia y la responsabilidad que conllevaba defender la portería del Athletic. Además le permitió conocer de pleno y a fondo el estilo y las formas de entrenamiento de todo un portero internacional como era Carmelo, una gran personalidad y un futbolista de marcado carácter.

El 23 de Septiembre de 1962 en el campo de la Rosaleda de Málaga se produce una situación poco habitual, Carmelo sufre un impacto contra uno de los postes y queda semiinconsciente, conmoción cerebral. José Ángel Iribar debuta en el campo malagueño pero no puede evitar la derrota de su equipo.

Tras probar las sensaciones de ser el portero del Athletic, Carmelo se recupera y relega nuevamente a la suplencia a Iribar quien tendrá que esperar hasta Abril del año siguiente para consolidarse como el verdadero dueño de la portería bilbaína. Ni más ni menos que contra el Real Madrid de Puskas, Di Stefano, Rial, Gento y compañía. Su debút oficial en el estadio de San Mamés.

La sensación de ver a Yuri Gagarin volar en el espacio es solo superada por el disfrute de parar un penalti [Lev Yashin]

Allí, en la portería de la Misericordia afrontaría su primer partido completo delante de su público en el encuentro más esperado del año, el que los enfrentaba al mejor equipo del momento, el todopoderoso Real Madrid comandado por su mítico presidente Don Santiago Bernabéu.

El partido se saldó al final con una derrota por la mínima, tras un penalty cometido sobre Manolín Bueno que ese día sustituía a un lesionado Paco Gento. Penalty acontecido fuera del área y que provocó un revuelo considerable antes, durante y después de su ejecución.

Tras este partido, dieciocho años y 614 encuentros contemplarían la trayectoria de Iribar, convirtiéndose en el jugador con más partidos jugados en la historia de la institución.

Si por algo se caracterizó la relación entre José Ángel Iribar y el Athletic de Bilbao fue por la fidelidad y el compromiso, no solo a unos colores sino a la causa defendida por la entidad representativa de un entorno muy marcado en lo identitario y en lo cultural. Euskadi mantenía firme sus costumbres frente a la poco evolutiva, rancia e intransigente dictadura del Generalísimo, a pesar del aperturismo de un joven Fraga que llenaba de rubias las playas patrias pero renegaba, como todos los demás, de sentires y sensaciones al margen del espíritu nacional, la doctrina y el sentimiento de mantilla y rezos que aún se respiraba en la España de la época.

Iribar, al igual que tantos otros, era una persona apegada a las costumbres de su tierra y sabedor de la existencia de una cultura alternativa, vasca, suya, que era necesario mantener. La tradición del club bilbaíno llevaba de la mano el respeto por las costumbres de su pueblo y su significación social iba más allá de un simple equipo de fútbol, el Athletic de Bilbao representaba, al igual que otras entidades deportivas o de carácter social, la identidad del pueblo vasco y el sentir diferenciador de una manera de ver la vida asentada en raíces antiquísimas.

Iribar, como representante y posterior estandarte de este club siempre llevó con la dignidad que requería el hecho, la representatividad de su club y de su persona a la par que la profesionalidad por el ejercicio de su deporte y por la defensa de un combinado nacional que siempre tuvo en el Athletic una fuente inagotable de talento.

Con la selección española hizo su debut nada más cumplir los 21 años, contra Irlanda, un 11 de marzo de 1964. A partir de ese momento se haría el dueño indiscutible del marco español, defendiendo el escudo de la selección en 49 ocasiones.

Su momento estelar se produjo relativamente pronto, en el mismo ejercicio 1964, al jugar la final de la Copa de Europa de Selecciones Nacionales en el estadio Santiago Bernabéu contra la selección de la URSS a la que vencieron por dos goles a uno con tantos de Chus Pereda y el mítico e inolvidable cabezazo de Marcelino.

Ese día en los lados opuestos del campo se encontraban Iribar y Yashin, de negro, poniendo cerco al más preciado espacio del terreno de juego y buscando con su aporte evitar la derrota, el resto de partícipes lucharon por la victoria y esta cayó del lado español, para gozo de todos y para disfrute de un sistema propagandístico que hizo uso de la victoria como si hubiesen jugado los hijos del régimen en vez de futbolistas de la más alta escuela.

Porque en aquella selección había nombres ilustres, figuras que brillaban al más alto nivel internacional a quienes hay que agradecer haber estado a la altura de las circunstancias en un partido en donde la presión insoportable y el ambiente de exigencia desaforada fue moneda de cambio común. Jugar en casa, en el santuario madridista, con el Caudillo y su cohorte mirando el evento y contra el diablo rojo, era para aquellos futbolistas una prueba de fuego, no de su españolidad, sino de su capacidad competitiva y de su valor como deportistas.

De todo se habló en aquella época, quizás de lo que menos fue de estos dos últimos conceptos mencionados, absolutamente ligados al talento y la personalidad de los protagonistas, saber competir con deportividad y ganar por haber estado a la altura del evento y del rival.

Jugaron aquel mítico partido los siguientes protagonistas:

ESPAÑA: Iribar, Rivilla, Calleja, Zoco, Olivella, Fusté, Amancio, Chus Pereda, Marcelino, Luis Suárez y Lapetra. | DT: José Villalonga.

URSS: Yashin, Shustikov, Shesternyov, Mudrik, Voronin, Anichkin, Chislenko, Ivanov, Ponedelnik, Korneyev, Kushianov. | DT: Konstantin Beskov.

Tras la Copa de Europa de Selecciones, Iribar adquirió una dimensión diferente como deportista y como portero. Dejó de ser un gran proyecto de futbolista para convertirse en un referente nacional e internacional. Esta situación vino dada principalmente por ser el portero de la selección campeona pero además, por sus particulares cualidades como guardameta.

Iribar vivió en una década en la que destacaron importantes porteros en el ámbito internacional, desde Gordon Banks en Inglaterra a Amadeo Carrizo en Argentina, Yashin en Moscú, Mazurkiewizc en Montevideo, Carvajal en Méjico, Albertosi en Italia, Ivo Viktor en Checoslovaquia, el yugoslavo Ivan Curkovic o el particularísimo portero brasileño de Club Nacional de Football, “Manga”, entre otros muchos.

De entre todos ellos, Iribar manejaba cualidades en las que todos los demás eran característicos, dominaba el juego aéreo con suficiencia, gestionaba su posición como ninguno, sabía estar colocado en el lugar idóneo para sacar el máximo partido del mínimo esfuerzo, evitando tener que realizar sobreesfuerzos innecesarios. Sus manos, lapas, tanto sin guantes como era costumbre en la época, como con los rudimentarios guantes que el “Txopo” vio en las manos de Gordon Banks y no paró de buscar hasta encontrarlos. La técnica de retención de la pelota era perfecta y su capacidad para desplazarse lateralmente a través del ancho de la portería era el de un coordinadísimo atleta. El dominio de los pasos, la manera de posicionar sus pies y sus desplazamientos cortos, semiflexionado y en disposición de intervenir era la de un maestro. Su técnica era depuradísima, pocos como él manejaban un bagaje tan grande de recursos implementados en una estética agradable a la vista y eficiente ante la resolución del problema. España dispuso durante toda su trayectoria deportiva de un portero del más alto standing mundial y así siempre fue reconocido por sus colegas.

Otra de sus características fundamentales era su despeje de puños, tanto en salidas a balones aéreos como ante golpeos a bocajarro los cuales desviaba con contundencia evitando incurrir en riesgos de rechaces peligrosos de cara a su marco.

En la suerte de los penalties, Iribar manejaba como pocos la velocidad de reacción para adivinar a tiempo el lugar elegido por el lanzador, interviniendo con la fuerza explosiva necesaria para tratar de incrementar sus probabilidades de éxito.

Su colocación, matemática. Los niños que acudían a San Mamés entendían perfectamente el concepto de la posición del portero como el lugar en el que se manifiesta la bisectriz del triángulo formado por el balón y los dos postes. Iribar siempre estaba colocado en su lugar, adoptando la posición adecuada en función de la cercanía o lejanía del balón.

Una vez blocado sacaba a relucir su inmensa visión de juego. En una época en donde las responsabilidades ofensivas de un portero era poner la pelota en movimiento, bien en saque corto, sencillo a un defensor cercano o bien con un golpeo largo para jugarse la suerte de la posesión a una probabilidad, Iribar manejaba el saque con la mano en corto, en envíos medios y en envíos largos como pocos, eligiendo el jugador mejor posicionado para iniciar el proceso ofensivo, siempre en situación de ventaja. Era habitual incluso que desde su saque preciso se montasen importantes contraataques que llevaban visos de gran probabilidad de éxito, dada la precisión del envío y el oportunismo de la elección.

A medida que fue transcurriendo su carrera, su papel dentro del equipo fue tomando mayor valor y trascendencia. A su lado fueron creciendo igualmente jugadores que con el tiempo representaron estandartes determinantes dentro de la historia más contemporánea del Athletic de Bilbao. Futbolistas del calado de Iñaki Sáez, Javier Clemente, Aranguren, Argoitia, Uriarte, Villar, Churruca, Chechu Rojo, (Rojo I), Lasa, Irureta, Dani, Carlos, Argote y un largo etcétera, quienes bajo las órdenes de míticos como “Piru” Gaínza, Iriondo, Ronnie Allen, Pavic o Koldo Aguirre llevaron los destinos del Athletic a mantener su privilegiada posición de clásico y a seguir disfrutando de ser el club con mayor número de Copas ganadas hasta ese momento.

Fue en la Copa del Generalísimo y posteriormente Copa del Rey en donde el equipo e Iribar cosechó sus mayores logros colectivos, consiguiendo el máximo galardón en 1969 y 1973 respectivamente.

Recordado es el partido jugado en 1966 contra el Real Zaragoza en la final de Copa en el que a pesar de haber perdido el encuentro por dos goles a cero, Iribar fue sacado a hombros del Santiago Bernabéu mientras el campeón festejaba su título, tal había sido la actuación del meta de Zarautz, que al final se institucionalizó el famoso cántico entre la afición:


“Iribar, Iribar, Iribar es cojonudo, como Iribar no hay ninguno”

Durante mucho tiempo santo y seña del vínculo estrecho entre el guardameta y su respetable.

Igualmente Aranguren sufrió en sus propias carnes las iras de una afición que glorificaba hasta tal punto a su ídolo, que en una cesión al portero, Iribar cometió un fallo garrafal que le costó el gol al Athletic y la grada se la tomo con el bueno de Aranguren, dado que no concebía abuchear o reprochar a quienes consideraban su máximo estandarte, José Ángel Iribar.

Uno de los momentos culminantes de su extensa trayectoria fue la final de la Copa de la Uefa jugada en 1977 contra la todopoderosa Juventus de Turin. Al final el título cayó del lado de la Vecchia Signora, por el valor doble de los goles marcados en campo contrario, pero el partido de vuelta jugado en San Mamés y ganado por 2-1, será recordado por siempre dentro de los grandes eventos disputados por el Athletic en dicho estadio. En ambas porterías dos jugadores míticos, Iribar y Dino Zoff.

En ese mismo ejercicio, otra final, igualmente perdida pasaría a la historia de la Copa del Rey, dado que Real Betis y Athletic se jugaron el desenlace en los penalties, siendo finalmente ambos porteros quienes tendrían de dilucidar el campeón con sus respectivos tiros. Esnaola acertó por el Betis, Iribar imitando la paradiña del experto Dani, falló por el Athletic y finalmente la Copa viajó hacia Heliópolis.

Durante 18 años la portería rojiblanca tuvo un único dueño, Iribar, solo unas fiebres tifoideas y una lesión de rodilla limitaron su presencia en el campo. En el último ejercicio, a las órdenes de Seferovich, Iribar decidiría preparar su salida del equipo, llegando a un acuerdo con su entrenador para que lo dejase de suplente y permitiese a su sucesor ir cogiendo tablas de cara a afrontar su sustitución con el mayor grado de eficacia posible.

Seferovich sabía que el mejor portero del equipo seguía siendo Iribar, pero asumió la petición del ídolo y permitió que sus sustitutos fueras ganando minutos de experiencia bajo la atenta mirada y la experta mano de quien regalaba desde su humildad el último servicio como jugador al club de sus amores.

Posteriormente Iribar sería parte del cuerpo técnico del Athletic, llegaría a ser primer entrenador y hoy es el presidente de honor de la Asociación de Veteranos.

Reconocida es su identidad con la cultura y el sentir del pueblo vasco y gráfica fue en su momento la decisión de ambos conjuntos referentes de Euskadi cuando en 1975, en Atocha, vetusto estadio de la Real Sociedad, Iribar y Cortabarría, como capitanes de ambos conjuntos, portaron por primera vez la Icurriña, prohibida en ese momento como emblema ilegal, dentro de un terreno de juego como signo de identidad de un pueblo no reconocido hasta ese momento por las fuerzas vivas del régimen.

José Ángel Iribar es historia viva del Athletic de Bilbao y del fútbol español y uno de los mejores porteros de Europa de todos los tiempos.

Su estilo ha mantenido la tradición de grandes porteros del Athletic, sustituyendo al gran Carmelo quien en su momento asumió la sustitución del mítico Lezama y a la vez dando alternativa a otros nuevos referentes como Andoni Zubizarreta.

Iribar es hoy el embajador corporativo más destacado de un Athetic lleno de historia y el garante del mantenimiento de todos los valores que ha de reunir un futbolista vasco destinado a defender los intereses de un equipo de su país.

Si hablamos de porteros en España, Iribar siempre aparecerá en un lugar de privilegio, el de su figura, el de su técnica, el de su fina estampa de caballero, vestido de negro, como los grandes de siempre.

sábado, 14 de octubre de 2017

Calor, cariño y comprensión

Artículo publicado por Julen Guerrero en el diario El Correo el 14//10/2017


Después de cuatro partidos consecutivos sin ganar,m logrando solo un punto de los últimos 12 en juego, ganar hoy frente al Sevilla puede suponer algo más que tres puntos. La necesidad de dar un giro al momento en el que nos encontramos, cambiando la dinámica de resultados, en el que una victoria puede suponer un punto de inflexión que permita coger un poco de aire y algo de seguridad. La confianza , me temo, tiene otros componentes añadidos más allá del resultado y requiere de una construcción diferente.

Al Athletic, históricamente, no le ha quedado mas remedio que convivir con las pérdidas. en este caso, la de Iker Muniain va para largo. Aprender a convivir supone que nuevos jugadores puedan tener el espacio para reivindicarse y que nuevos estilos puedan aparecer sin perder la identidad en el juego. Es innegable que con la desgraciada lesión de Iker el Athletic pierde no solo mucho juego interior, sino a un jugador que parecía estar teniendo una presencia más allá de lo táctico, influyendo muy positivamente en el 'subconsciente colectivo'. Pero no nos queda otra que aceptar su pérdida. Sin duda, la mejor manera de afrontarla seria con una victoria.

Y en este punto, todo hace indicar que la mejor forma de generar situaciones de gol es por las bandas. Con Williams y Córdoba abiertos, dando amplitud y profundidad, el equipo tiene en ellos un gran recurso para llegar a la linea de fondo e intentar generar centros hacia Aduriz y Raúl García. También será importante la colaboración de los laterales, con apoyos e incorporaciones, para tener alternativas y generar una mayor incertidumbre en el rival. Es quizás una de las armas que más estoy echando de menos esta temporada.

Williams y Córdoba, que adquieren en estos momentos posiblemente un mayor protagonismo en el equipo, necesitan el calor, cariño y comprensión tanto de sus compañeros como del público. Si el equipo no se quiere atascar y ser muy previsible con centros desde demasiado atrás, perpendiculares y que sean fáciles de defender, siendo esos balones un caramelo para las defensas, tendrá que arriesgar en jugadas individuales.

Y ese riesgo tiene un precio: No siempre esa jugada sale, pero no por ello debes dejar de intentarlo. La resiliencia (o capacidad para adaptarse positivamente a las situaciones adversas) es un buen indicador del grado de confianza de los individuos. Aún así, es importante que se les arrope, incluso que se les anime a volver a intentarlo. El equipo necesita de esa profundidad por bandas para que el rival se sienta al limite de manera constante.

Será importante que, además de ganar la linea de fondo, sean capaces de sacar buenos centros, y aunque no todos lo serán esperemos que alguno acabe en el fondo de la red. Por lo general, la insistencia suele tener premio y en el área habrá dos grandes rematadores como Aduriz y Raúl García dispuestos a aprovecharlo. Incluso Williams y Córdoba tienen que llegar al remate cuando el centro venga desde el lado contrario, también tienen que ser autoexigentes y valientes en este aspecto.

El punto de inflexión pasa por olvidarse de lesiones, renovaciones y últimos resultados. Hay que centrarse en los recursos que tiene el equipo. ¡San Mamés tiene que rugir!

lunes, 9 de octubre de 2017

Guillermo Gorostiza, el bohemio equivocado

Artículo publicado por Marcos Pereda en www.kaisermagazine.com el 06/07/2015

A Gorostiza, Guillermo Gorostiza, le llamaban “La Bala Roja”, por su velocidad en la banda zurda y su camiseta rojiblanca del Athletic. Pero hasta ahí. Nada más tenía de izquierdas Gorostiza que su pierna buena, nada más de rojo que la zamarra con la que jugaba. Y bala fue, sí, pero acabó en perdida, en una rolling stone de esas que había en el delta del Mississippi y a las que cantó Dylan.


Era de buena familia, y eso se le notaba, claro. Se le notaba en el vestir, se le notaba en los modales. Se le notaba, también, en el alternar, en el beber, en el vivir. Gorostiza jugó primero en el Arenas de Getxo y luego, mientras hacía la mili, en el Racing de Ferrol, antes de pasar al Athletic de Bilbao, donde se empeñó en hacerse leyenda. Leyenda en el campo, carreras fulminantes pegado a la línea de cal, un antecedente, por así decir, del futuro Piru que recorrería años después esa misma banda. Y leyenda también fuera del estadio, por sus golfadas, por sus juergas. Él va siempre con alguien, es muy voluble, decían. Si alguien va a misa y le pide que le acompañe Guillermo va con él. Pero si el otro acude al bar, al bar que se va Guillermo. Y parece que conoció más de los segundos que de los primeros.

A Gorostiza le sorprende el comienzo de la Guerra Civil jugando en el Athletic de Bilbao. Muy pronto se enrola en ese mítico equipo Euskadi que recorrería el mundo con su mochila de exilio y lágrimas. Pero Gorostiza no era como ellos, Gorostiza no. Cuando Bilbao cae en manos de las tropas franquistas Guillermo deserta de aquel conjunto de futbolistas y se enrola en el ejército nacional, en un regimiento de requetés. Porque Gorostiza era de derechas, era católico, tenía ideas cercanas al fascismo. Todos, más o menos, lo sabían, y todos, más o menos, pensaban que acabaría abandonando el Euskadi. Así, con sus nuevas botas sin tacos, con su casco y su fusil, Gorostiza aprende el sabor de la sangre en la batalla de Teruel, donde llegará a entrar en combate.

Pero seguía siendo, con todo, diferente. Le gustaba beber, le gustaba mucho. Lo necesitaba para respirar. Acabada la Guerra vuelve al Athletic de Bilbao y es la estrella del equipo. Pero sus salidas de tono son más frecuentes, su indisciplina más grande, sus aires más soberbios. Y, además, en el juvenil del equipo bilbaíno viene pegando fuerte un chaval al que llaman Piru, que se apellida Gaínza y que dicen que juega como los ángeles. Extremo izquierda, como Gorostiza. Y la directiva decide apostar por el joven…Guillermo Gorostiza hace las maletas.

Entonces el ídolo de la España nacional llega a Valencia, y pronto empieza a mostrar todo de lo que es capaz. Lo bueno, convirtiéndose en una auténtica leyenda en el conjunto valencianista, y lo malo, dibujado ya como juguete roto aun en activo. Un día, y es 1940, su primera temporada como ché, el equipo juega en Sevilla, gana y Gorostiza se va de juerga. Para beber, nunca para celebrar, nunca celebraba Gorostiza. Hasta en eso era un hombre angustiado. Los valencianista no le encuentran al día siguiente, nadie sabe donde está, el equipo tiene que viajar a Vigo para el siguiente partido, carreteras de los años cuarenta, primera posguerra, horas y horas de autobús. Deciden partir sin él, sin su estrella, ilocalizable. Mucho tiempo después, en Galicia, con los jugadores valencianistas ya cambiándose, un encargado del Celta entra en el vestuario de Balaídos. “Oigan, dice, allí fuera hay un mendigo que dice que es Gorostiza, la verdad es que se parece un poco… ¿le hago pasar?“. Entra, es él, cómo no, ha cruzado España, nadie sabe cómo. Responde, aquí y allá, con este y con el otro, no me acuerdo bien. Le perdonan. Juega, claro. Y marca, claro. Era la estrella, el mejor. Era diferente, excitante, genial.

Era, fue, un hombre triste, este Guillermo Gorostiza.

Cuando Kuko eclipsó al Pelusa

Artículo publicado por Pako Ruiz en el diario Deia el 09/10/2017

Se cumplen 25 años del debut de Maradona en el Sevilla, en el viejo San Mamés, con victoria del Athletic gracias a un gol de Ziganda


Maradona, que ejerció de capitán, posa junto a Genar Andrinua. (Foto: DEIA)

Aquella tarde fría y lluviosa de inicio de otoño, el viejo San Mamés proyectaba un aroma de fútbol en mayúsculas. No se trataba de un partido definitivo, ni estaba nada importante en juego más allá de los dos puntos. No en vano, transcurría solo la quinta jornada de liga. Aquel 4 de octubre de 1992, sin embargo, ofrecía un matiz histórico. Diego Armando Maradona, que todavía lucía la etiqueta de mejor jugador del mundo, regresaba a un campo de fútbol después de pagar con una larga sanción su doping por cocaína cuando era jugador del Nápoles. Lo hacía en las filas del Sevilla, presidido por José Luis Cuevas y que había desembolsado 750 millones de las antiguas pesetas tras cerrar un proceso negociador que se había alargado durante más de dos meses. El Pelusa compareció en La Catedral casi una década después del affaire por la entrada que sufrió por parte de Andoni Goikoetxea como jugador del Barça y después del bochornoso espectáculo que ofreció el argentino y sus compañeros en la final de Copa de 1984 que perdió el conjunto azulgrana ante el rojiblanco. La expectación fue enorme. Y el encuentro, también.

Se cumplen 25 años de aquel momento, subrayado en la historia y en las memorias escritas de Maradona, que generó una impactante cobertura mediática con su presencia en Bilbao. José Ángel Ziganda probablemente no olvida aquel duelo. Kuko puede decir que esa tarde eclipsó al Pelusa, hecho que se lo recuerdan un cuarto de siglo después, cuando se reencuentra con el Sevilla ya en el nuevo San Mamés, aunque en esta ocasión lo hace como entrenador del Athletic. Ese 4 de octubre de 1992, el conjunto rojiblanco superó al sevillista pese a Maradona y al golpe que supuso encajar el 0-1 a una zancada de expirar el primer acto. A vuelta de vestuarios, el equipo entonces dirigido por Jupp Heynckes, que inicia hasta finales de este curso su cuarta etapa al frente del Bayern de Múnich, se conjuró y dio la vuelta al marcador ya sin Maradona, que fue sustituido a los 71 minutos un tanto contrariado por la decisión de Carlos Bilardo. Luke, que compareció en el segundo acto, firmó el 1-1 a los 79 minutos y diez después Ziganda ponía la guinda con el tanto del triunfo de los leones.

Maradona saltó al césped, además, con el brazalete de capitán del Sevilla pese a ser su primer partido con la escuadra hispalense. Lo hizo con un llamativo sobrepeso a sus 32 años de edad, como él mismo había avisado a su llegada a Sevilla: “Estoy para jugar 45 minutos”. El retrato escapaba del que le hizo incomparable en la década de los ochenta del siglo XX. Con todo, su zurda y su calidad, aunque fuera en pequeñísimas dosis, mantenían su porte y hacían temer a sus rivales. “Para mí se convirtió en una experiencia fascinante”, rememora Juanjo Valencia, que en ese partido defendía la meta del Athletic. Se trataba de la tercera comparecencia, la segunda en San Mamés, del portero donostiarra, entonces un recién llegado a la élite con 21 años.

Valencia, que paradójicamente jugó en el Sevilla (1999-2000) una campaña tras dejar el Athletic con un legado de 195 encuentros como león, fue víctima de la clase de Maradona. El Pelusa armó su zurda en un golpe de castigo al borde del área rojiblanca. La puso donde casi siempre y Valencia se esforzó para evitar que ese balón entrara, pero su rechace cayó en la persona de Marcos, que hizo el 0-1. “No hacía falta estudiar sus lanzamientos en los días previos, los conocía todo el mundo. Solo esperabas que no tuviera su mejor día. Recuerdo que sí impresionaba tenerle delante, porque yo también era un crío y me enfrentaba al mejor jugador entonces de la historia”, describe el exportero, hoy en día alejado del mundo del fútbol a la espera de que le surja una oportunidad, como la que le dio, por ejemplo, Ziganda en su etapa al frente del Xerez.

Valencia dice que sabían que debían tomar precauciones con el astro argentino, con el fin de evitar faltas cerca del área propia, al mismo tiempo que apunta que Heynckes no aplicó un plan antiMaradona, porque “no era partícipe de esos planteamientos”, aunque sí hubo una especie de marcaje cercano por parte de Óscar Tabuenka e incluso de Andoni Lakabeg. El donostiarra, que después de jugar en el Sevilla lo hizo en el Sporting, en el Nástic y en el Racing, se queda con toda la burbuja que rodeó al encuentro. “Fue todo novedoso para mí por lo que se movió y por la expectación que levantó. Yo acababa de debutar y fue un partido diferente, que daba la vuelta al mundo. Lo bueno de todo fue que la victoria se quedó en casa”, concluye Valencia, que espera que el Athletic vuelva a vencer el sábado al Sevilla, en un encuentro que espera “duro”, pero en el que confía que los de Ziganda, al que cree un “gran entrenador”, saquen “una buena versión” para sumar tres puntos muy necesarios.

Presentación equipo Athletic Club Fundazioa

Fuente: Canal YouTube TVAthleticClub


domingo, 8 de octubre de 2017

La necesidad de adaptarse

Artículo publicado por Julen Guerrero en el diario El Correo el 08//10/2017


Es evidente que los tiempos han cambiado. La vida vuela, todo es más fácil,las cosas, aunque son las mismas de antaño, parecen diferentes. La juventud no tiene reparo en cambiar de ciudad e incluso de país en busca de retos que le satisfagan y le beneficien profesional y económicamente. No hay que cerrar los ojos. Los jóvenes están muy influenciados por lo que ven en los medios de comunicación y en las redes sociales, y los clubes que optan a ganar todos los títulos en juego son los que más minutos disponen en ese mundo multimedia que nos rodea. Esta es la realidad en la que vivimos -también el Athletic- y poco conseguiremos si la obviamos.

A todo esto unimos que las grandes agencias se hacen con los mejores jugadores a medida que van subiendo de categoría. Su negocio y su forma de vida pasan por velar por los intereses económicos propios y de los futbolistas que representan. Son grandes agencias, con sedes en ciudades e incluso países, muy alejadas del club en el que el deportista se encuentra. Agencias, sociedades y conglomerados financieros fruto de la sociedad 'de cuanto más, mejor' y en la vorágine de un sistema llevado al extremo. Invitar a su cliente, como decía el escritor peruano Carlos Castaneda, a recorrer un camino por el mero hecho de que tenga corazón no entra dentro de su lógica de actuación, y es respetable. Es otro paso para que el romanticismo, en estos casos, pase a mejor vida.

Por este motivo, las negociaciones para el Athletic cada día se están volviendo más incomodas. Hemos visto en los últimos años cómo piezas importantes de la plantilla han optado por marcharse, bien pagando la cláusula, bien esperando a que se acabe su contrato. Pero no nos engañemos, otros e incluso alguno de ellos también llegaron al Athletic a través de esas grandes agencias. El club rojiblanco, por tanto, también participa en ese juego. Son varios los casos en los últimos años y -¡atención!, todo esto puede que vaya a más- en los que hacer solo un guiño a que quiera quedarse, aludiendo al sentimiento, parece no ser suficiente. Es evidente que el Athletic no solo tiene que realizar una formación integral con todos y cada uno de los niños, jóvenes y profesionales que pertenecen al club, sino que no le queda más remedio que reforzarla. Tiene que seguir mostrando con orgullo sus valores, su filosofia, su forma de ser y actuar, y si, sobre todo, su sentimiento, que es único en el mundo, y muy bien lo sabemos los que amamos al Athletic.

Saber discernir entre lo que es realmente grande y lo que está hinchado no resulta fácil, y aún menos en un mundo como el fútbol profesional, tan lleno de flashes, que más que dar luz, ciega. Al hilo de todo esto, al Athletic le toca afrontar en estos momentos la renovación de Kepa Arrizabalaga. No es fácil firmar un contrato con un jugador que acaba de llegar al primer equipo -apenas lleva algo más de 20 partidos en Primera- y tener que pagarle uno de los salarios más altos de la plantilla sin que esto no tenga consecuencias dentro del vestuario. Suponiendo que no quiera una cláusula alta, porque no está en relación al salario que se le ofrece, y pareciendo una posición lógica y entendible en los tiempos que vivimos: ¿Es mejor pagarle menos, que tenga una rescisión asequible, buscando con ello un vestuario más tranquilo pero con la posibilidad de que, abonando esa cantidad de dinero, se pueda ir? ¿O es preferible tensar la cuerda, jugar con el sentimiento, no fracturar las jerarquías del vestuario pero con la posibilidad de que finalmente se rompa y se marche gratis?

¿Quién debe cobrar más? ¿Los que llevan más tiempo, aunque en este momento vean cómo los que están llegando les aprietan e incluso les superen en algunos casos o, por el contrario, los que a pesar de estar empezando y parece que ya tienen un gran presente y puedan asegurarte (si es que eso es posible) el futuro?

Y, ¿qué sucede con quienes decidieron irse, pero que en un momento dado por necesidades del club podrían volver? Muchas preguntas para concluir en una: ¿Qué postura le conviene al Athletic tomar con ellos? Son preguntas que no son fáciles de resolver y me temo que al contrario de lo que cantaba Ismael Serrano no estamos a salvo de preguntas sin respuestas. Por este motivo hay que hacerlas, prepararse e intentar -si es posible- contestarlas.

Volar alto no es fácil, tiene su precio. Los nuevos tiempos aprietan...

Resumen Jor. 5ª: Athletic Club - FC Barcelona

Fuente: Canal YouTube TVAthleticClub


miércoles, 4 de octubre de 2017

Íñigo Córdoba, la versión vasca de la finta y el sprint

Artículo publicado por Javier Siñeriz en spherasports.com el 02/10/2017


Córdoba conduce el balón durante el partido contra el Panathinaikos (FOTO: Juan Echeverría)

El Athletic Club de Bilbao está viviendo un inicio de curso complicado. Los resultados no acaban de llegar, y el juego no da motivos para la esperanza. Además, el jugador diferencial de los bilbaínos, Iker Muniain, ha sufrido una gravísima lesión en su rodilla derecha, lo que le hará perderse prácticamente toda la temporada. Sin embargo, hay un halo de esperanza. Su nombre es Íñigo Córdoba, tiene tan solo 20 años y está siendo la mejor noticia del Athletic Club en lo que llevamos de temporada. El extremo vizcaíno lo tiene todo para ser un jugador clave en el futuro inmediato del club de Bilbao.

Íñigo Córdoba es una de las pocas noticias positivas en el Athletic Club de Bilbao en este inicio de curso. El jugador nacido en Bilbao ha debutado esta temporada con la casaca rojiblanca y ya se está destapando como un extremo muy a tener en cuenta. Criado en la cantera de Lezama, Córdoba ha ido quemando etapas hasta llegar al primer equipo de un equipo tan exigente como el Athletic Club con tan solo 20 años. El joven futbolista vasco ya ha sido internacional con la selección española sub-19, y ha sido citado por Celades para la actual convocatoria de la sub-21.

Córdoba es un hombre puro de banda. Parte desde la parcela izquierda de la cancha y tiene la capacidad tanto de irse hacia dentro, como de apurar línea de fondo y meter el balón al corazón del área rival. Tiene un buen manejo de ambas piernas, lo que le permite explotar de una forma superior su juego en banda. Esta característica le permite ser impredecible y enfrentarse a su rival con la certeza de que no sabe lo que el extremo hará.

Lezama le ha dado al Athletic Club la enésima perla. Ziganda y su cuerpo técnico deben pulir este diamante en bruto para que sea un hombre importante en el presente y futuro Athletic Club de Bilbao. Córdoba es un futbolista que todavía no tiene respuesta, algo apasionante. Es un jugador que todavía no ha demostrado todo lo que tiene dentro. Sin embargo, ha dejado cosas e indicios del futbolista que puede llegar a ser. Es un extremo de los de antes, destaca por su poderío físico, su potencia, y, por supuesto, su calidad. Este último rasgo es uno de los más importantes, el que le permite ser diferencial en la última parcela del terreno de juego.

La afición de San Mamés tiene motivos para la esperanza. El jueves abuchearon a los suyos después del partido frente al Zorya, este fin de semana perdieron en Mestalla, y las sensaciones no son nada buenas. No obstante, hay un chico nacido en Bilbao, la capital de Vizcaya, que tiene al heredero de Piru Gaínza, Txetxu Rojo o Pichichi. Un extremo izquierdo de los de antes, de los que no abundan en nuestro fútbol. Íñigo Córdoba está llamado a ser este hombre, un estandarte del Athletic Club de Bilbao durante muchos años.